Un factor condicionante interno lo constituye las etiquetas negativas que recibimos en las primeras etapas de nuestro desarrollo personal. Las críticas o expresiones destructivas provenientes del padre, la madre u otra figura influyente, en la infancia, es aceptada por el niño como una verdad, determinante en patrones de comportamiento futuro, incorporándola como una creencia que forma parte de la personalidad. Así, por ejemplo, expresiones o aseveraciones como, «nunca haces nada bien», «eres un tonto/torpe», pueden hacer que el niño desarrolle una sensación de incompetencia, preestableciendo límites a su capacidad natural de lograr éxito en lo que desee hacer. La incapacidad del niño para reaccionar ante tales expresiones o críticas destructivas, lo puede llevar, cuando adulto, al conformismo, a la aceptación de las condiciones que el medio le impone por su propia incapacidad de reacción y a la resignación a trabajar en lo que esté a su alcance para subsistir. No busca oportunidades porque asume que no las hay, o que son para los privilegiados, o simplemente porque cree que no puede acceder a ellas.
Un segundo factor condicionante interno, es la asunción de roles sociales como el de cónyuge, esposo o esposa, o el de convertirse en papá o mamá, en etapas de la vida que no corresponden con el proceso de maduración integral requerido. Asumir estos roles prematuramente truncan las posibilidades de formación profesional y abocan en consecuencia a trabajar en lo que esté al nivel de las actuales posibilidades laborales para cumplir con las obligaciones propias de estos roles. Los niveles de ingresos a los que puede acceder y la asignación de buena parte de su tiempo a roles diferentes al de la formación personal y profesional, le impiden continuar con estas, privándolo de la posibilidad de acceder a mejores niveles de ingresos y en consecuencia a mejores niveles de calidad de vida.
Un tercer factor limitante interno lo constituye el objetivo de la formación profesional que acometemos, como, por ejemplo, cursar determinada carrera con el fin de lograr un buen empleo en una gran Compañía. El problema radica en que no hay un número suficiente de empresas demandando fuerza laboral calificada; dicho de otro modo, hay demasiada oferta de profesionales de distintas disciplinas buscando puestos de trabajo, debido a que todos estudiamos para conseguir un buen empleo. Esta situación aboca a los nuevos profesionales a sub emplearse en trabajos por debajo de su nivel de formación, desempeñando funciones propias de un Técnico, en el mejor de los casos, en detrimento de sus aspiraciones económicas y del nivel de calidad de vida anhelado. En este punto se requiere cambiar o reorientar el objetivo de formación profesional con base en una mentalidad emprendedora.
- Creatividad e Innovación: Capacidad para concebir ideas innovadoras en negocios o proyectos nuevos, y encontrar soluciones innovadoras a problemas existentes.
- Tolerancia al riesgo: Disposición para asumir riesgos calculados en la realización de nuevas ideas, tomando la posibilidad de fracaso como una oportunidad para aprender y mejorar.
- Resiliencia: Capacidad de superar las dificultades y recuperarse de los fracasos.
- Proactividad: Tomar la iniciativa para hacer que las cosas sucedan.
- Visión: Tener una idea clara de a donde quieren llegar en el largo plazo.
- Orientación a Resultados: Fuerte enfoque hacia la consecución de metas y la medición de su éxito en términos de resultados concretos.
- Adaptabilidad: Ajustarse oportunamente a los cambios en el entorno y disposición a replantear cursos de acción necesarios.
- Liderazgo: Capacidad de formar, inspirar y guiar equipos de trabajo efectivos y gestionar recursos de manera eficiente.
La mentalidad emprendedora, como parte de tu crecimiento personal, te asegura ventajas competitivas en el desempeño de tu rol profesional.